width=300La carreta vacía

Un día salí de paseo con mi padre… De pronto, él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

  • Además del cantar de los pájaros, ¿Oyes algo más?

Agudicé mis oídos y después de unos segundos le respondí: Sólo escucho el ruido de una carreta.

  • Eso es, dijo mi padre. Es una carreta vacía.
  • Entonces le pregunté con curiosidad: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si no la vemos?
  • Es muy fácil, sé que está vacía por el ruido. Cuanto más vacía está la carreta, más ruido hace.

Crecí y me hice un hombre. Cada vez que escucho a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de los demás, presumiendo de lo que tiene o de lo que sabe, prepotente y menospreciando al resto de las personas que lo rodean, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: Cuanto más vacía está la carreta, más ruido hace.

La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Existen personas tan pobres, que lo único que tienen es dinero y soberbia.

“Cuando las palabras no son mejores que el silencio… lo mejor es callar ¡No hagamos tanto ruido!”

Dios nos dice:

“Si no tienes nada que decir, escúchame en silencio; yo te enseñaré a ser sabio” Job 33:33

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width=300Las puertas del cielo

Un samurai fue a ver al Maestro Zen Hakuin y le preguntó:

  • ¿Existe el cielo? ¿Existe el infierno? ¿Dónde están? ¿Por dónde puedo entrar?
  • ¿Quién eres?, le preguntó Hakuin.
  • Soy un samurai, le respondió el guerrero, hasta el emperador me respeta.

Hakuin se rió y contestó:

  • ¿Un Samurai, tú? si pareces un mendigo.

El orgullo del samurai se sintió herido y la ira nubló su mente, olvidó para que había venido, desenvainó su espada con intención de matar a Hakuin cuando éste añadió:

  • Esta es la puerta del infierno.

Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y se inclinó haciendo una reverencia ante el Maestro. Hakuin dijo:

  • Esta es la puerta del cielo.

Nuestros pensamientos y acciones pueden transformar nuestra vida en algo intolerable, llena de sufrimiento al punto de sentir que estamos viviendo en un infierno.

Críticas hacia nosotros mismos y hacia los demás, enojos, resentimientos, celos, envidia, resignación y muchos otros estados son creados principalmente por nuestros pensamientos acerca del mundo. Muchas veces nos sentimos víctimas de las circunstancias y pensamos que la vida sólo consiste en “sobrevivir”. A menudo se escuchan expresiones como “estoy en la lucha” o “estoy tirando”… y nos podemos preguntar ¿dónde ocurre esa lucha? En nuestra propia mente.

Si queremos salir de ese estado y avanzar hacia un mayor bienestar debemos empezar a ser conscientes de que no es “el mundo” el que nos causa sufrimiento, sino nosotros mismos a través de lo que pensamos sobre lo que sucede.

El hacernos responsables de nuestros pensamientos, emociones, acciones y reacciones nos devuelve el poder para generar los cambios que queremos ver en nuestra vida. Cada vez que elegimos dar, amar, agradecer, valorar, aceptar, perdonar empezamos a recorrer ese camino hacia el cielo. Nuestras emociones cambian cuando cambiamos aquello en lo que nos enfocamos. Hagamos la prueba.

¿Qué cosas agradecemos en nuestra vida?

¿Qué cosas tenemos para dar?

¿Qué elegimos soltar para hacer nuestra vida más liviana?

¿Qué necesitamos aceptar para estar en paz?

¿A quién necesitamos perdonar para dejar de ser prisioneros de nuestros resentimientos?

¿Qué cuestiones nos están quitando la energía? ¿Cuándo nos haremos cargo de ellas?

Etc.

Si nuestra vida no nos satisface, no culpemos a los demás, intentemos crear nuestro propio cielo, nuestra propia armonía, nunca es tarde para comenzar. Recordemos que un viaje de 1000 kilómetros comienza siempre con un primer paso ¡Empecemos!