width=300Todo ser humano tiene que servir para algo en la vida, tiene algo a lo que dedicarse, algo importante que hacer, una misión que desarrollar y que debería convertirse en el timón y el motor de su vida. Pero… ¿cuál es nuestro cometido y misión en la vida? ¿Conocemos nuestra auténtica vocación?

Etimológicamente la palabra vocación procede del latín, vocatio, -nis “acción de llamar”. Por ello, la Real Academia Española entre sus acepciones señala:

  • Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión.
  • Inclinación a un estado, profesión o carrera.

Si analizamos el significado etimológico, “acción de llamar”, y la primera acepción propuesta por la Real Academia Española, “inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”, es decir esa inspiración o “Dicho de Dios: Iluminar el entendimiento de alguien y mover su voluntad”, podemos deducir fácilmente que nuestra vocación se encuentra íntimamente relacionada con una llamada interior, con el haber sabido escuchar la voz del silencio, la voz de nuestra esencia.

Si tuviéramos la certeza de cuál es nuestra auténtica vocación, nuestro cometido en la vida, haríamos de dicho ejercicio un auténtico apostolado, nos convertiríamos en apóstoles de la humanidad. En ese caso, habríamos pasado por un cambio radical al haber respondido al profundo llamado de nuestra esencia, de nuestro Íntimo. Poco nos importaría el éxito, la fama, el reconocimiento y gratitud de los demás porque habríamos encontrado la verdadera felicidad. Trabajaríamos con verdadera fuerza, dedicación, interés por el trabajo bien hecho, por el beneficio de los demás.

Sin embargo, el Maestro Samael nos dice que es difícil encontrar en la vida alguna persona que tenga desarrollado el sentido vocacional. Por extraño que esto nos parezca, no es difícil observar el mundo en el que vivimos, el desempeño profesional de unos y otros, el cada vez más escaso interés por el trabajo bien hecho, las múltiples quejas y protestas de prácticamente todos los profesionales, el afán desmedido de lucro, el fraude…

¿Cómo descubrir la auténtica vocación, esa llamada interna de nuestra esencia en un mundo en el que vivimos hacia afuera y cada vez más desconectados de nuestro Ser interior profundo? ¿Cómo tener desarrollado nuestro sentido vocacional si no nos conocemos, si estamos volcados y absortos en el mundo de la ilusión, en el mundo de Maya, si nuestra esencia está atrapada entre multitud de egos o agregados psicológicos?

Es fácil equivocarnos en esta época en nuestra decisión profesional. Las profesiones parecen valorarse más en función de su categoría, de su remuneración o valoración económica y social.

Al ego no le gusta la vocación por eso en muchas ocasiones apagamos la llamada interior y prevalece en nosotros el afán de dinero, poder, reconocimiento social. Es claro que los egos nos apartan de la decisión vocacional acertada. Deberíamos eliminar los egos, especialmente aquellos que más nos apartan del descubrimiento de nuestra verdadera vocación: miedo, ambición, codicia, autoimportancia.

Hallar nuestra verdadera vocación es fuera de toda duda, el problema social más grave, el problema que se encuentra en la base misma de todos los problemas de la sociedad, nos dice el Maestro Samael.

Encontrar ese oficio que nos conecta con nuestra verdadera esencia es una auténtica bendición para nosotros mismos y para los demás, pues se verían beneficiados por nuestro buen ejercicio profesional. Nos convertiría en profesionales insustituibles y aunque tuviéramos que pasar por épocas difíciles, ejerceríamos nuestro trabajo como verdaderos apóstoles, sin la más mínima codicia ni deseo de poder, puesto que un apóstol no es solo quien enseña, sino quien ejerce su profesión con verdadero interés por el bien ajeno. Sentiríamos verdadera dicha por ejercer nuestra profesión y poder ayudar con ella. Nos sentiríamos contentos a pesar de las dificultades a las que nos tuviéramos que ir enfrentando.

Por el contrario, cuando nuestro puesto de trabajo nada tiene que ver con nuestra auténtica vocación es fácil pensar en función del “más”, más dinero, más poder, más reconocimiento social, más, más, más. Este funcionalismo del ego nos convierte en explotadores porque solo pensamos en nuestro propio beneficio, no en el de los demás, no en ejercer con rectitud, entrega y dedicación nuestro oficio u ocupación. Así, la burocracia y la famosa frase de “vuelva usted mañana” nos demuestra que la gente no está en su puesto porque no piensan nada más que en descansar, en apurar escasamente su horario laboral, en no implicarse con nadie ni con nada más cuando solo quedan unos minutos para que éste finalice. Desgraciadamente, en muy raras ocasiones el oficio corresponde a la auténtica vocación.

Habitualmente los padres transmiten a sus hijos que tienen que estudiar mucho, trabajar mucho para ganar mucho dinero. Los maestros y profesores igualmente inculcan en sus estudiantes que deben estudiar mucho, no para ayudar más y mejor a los demás, sino para conseguir el trabajo más prestigioso y el más remunerado. La orientación profesional, que no vocacional, se hace en función de las notas, no de las inclinaciones naturales y aptitudinales de cada cual.

Los llamados “niños de papá” o “niños bien” que ni trabajan ni estudian, en ocasiones llegan a hacer auténticas barbaridades por entretenerse, están perdidos, desorientados. No han llegado a adquirir unos adecuados principios éticos y morales porque los adultos atrapados en el funcionalismo egoico del “más” no han tenido tiempo “de calidad” para educar a sus hijos y alumnos, para transmitirles con su ejemplo y dedicación los principios éticos universales, para ejercer una adecuada educación que les conecte con su esencia y desarrolle sus potencialidades internas, para que se sientan felices por el trabajo bien hecho y no tanto por los resultados del mismo, para que anhelen encontrar esa afinidad entre vocación y esencia interior, para que amen lo que hacen y lo realicen con valor, esfuerzo, dedicación y cierta intrepidez.

El Maestro Samael nos dice que el individuo da con su vocación por una de estas tres vías:

  1. El autodescubrimiento de una capacidad especial.
  2. La visión de una necesidad urgente.
  3. La muy rara dirección de los padres y maestros que descubrieron la vocación del alumno o alumna mediante la observación de sus aptitudes.

Respecto a la primera de estas vías, es obvio que necesitamos autoobservarnos, autoexplorarnos, autovigilarnos, dirigirnos hacia nuestro interior, orar y meditar diariamente, suplicar a nuestros padres internos, a los venerables Maestros, trabajar con la muerte del Yo para eliminar los agregados que nos alejan de la verdadera vocación: miedo, ambición, codicia, autoimportancia.

En cuanto a la segunda vía, el Maestro Samael nos narra el caso de Gandhi, que de ser un abogado cualquiera, con motivo de un atentado contra los derechos de los hindúes en África del Sur, hizo cancelar su pasaje de regreso a la India y se quedó a defender la causa de sus compatriotas. Una necesidad momentánea le encaminó hacia la vocación de toda su vida.

Respecto a la tercera y última vía, necesitamos dedicar tiempo de calidad a los hijos y alumnos, observarlos en todos los ámbitos y escenarios diferentes en los que se muevan: en la familia, con las amistades, en la escuela, etc., pues esta observación múltiple y variada nos aportará información complementaria acerca de sus aptitudes y nos permitirá ayudarlos y orientarlos de una forma más adecuada. Es lamentable que muchos padres de familia en vez de estudiar las aptitudes de sus hijos solo vean en ellos la continuación de su querido ego, yo psicológico, mi mismo, queriendo así que continúen con su profesión, que lleguen a satisfacer sus propias ambiciones, las que ellos no supieron conquistar a pesar de desearlas intensamente. Estos padres ambiciosos meten a sus hijos e hijas en carreras y puestos que nada tienen que ver con el sentido vocacional de los mismos.

Los sistemas psicopedagógicos y educativos que actualmente tenemos para supuestamente encontrar la vocación de los alumnos y alumnas son absurdos y crueles porque solo trabajan con el intelecto, pero… ¿qué pasa con los otros centros de la máquina humana? ¿La vocación solo está relacionada con este centro psicofisiológico? ¿Acaso los otros cuatro centros no tienen nada que ver con la vocación? La educación fundamental enseña que los gérmenes vocacionales se hallan depositados, no solamente en el centro intelectual sino también en cada uno de los otros cuatro centros de la psicofisiología de la máquina orgánica.

Si se quiere descubrir la vocación de un joven o de una joven hay que observarlos en la escuela, en el hogar y aún en la calle. Este trabajo de observación sólo pueden realizarlo los padres y maestros verdaderos en íntima asociación. El único camino obvio que existe para descubrir la verdadera vocación de los alumnos y alumnas es el amor verdadero.

Así, practicar la inversión del yo, ponernos en el lugar de la otra persona, tratarla como nos gustaría que nos trataran nos acerca a este descubrimiento. Los grandes seres adoptan como yo al yo del prójimo. Jesús el Cristo dijo: “No hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a ti mismo”. La inversión del yo y del otro es el fundamento de la cooperación humana.

Igualmente, la autoobservación, la meditación, la comprensión de nuestros defectos, la transformación de las impresiones, el trabajo con la muerte del ego…, ese es el método para poder llegar a descubrir algún día nuestra auténtica vocación, para recuperar lo verdaderamente importante, la línea directriz que siempre debería haber guiado nuestra vida, el ejercicio de nuestro verdadero apostolado.